Militares del RALCA 63 ve agradecido su esfuerzo contra el COVID-19 con cuentos y dibujos de niños

El otro día, conocí una bonita historia que me gustaría poder compartir con todos vosotros, una historia que ocurrió al lado de la frontera con Portugal en la provincia de Zamora donde sus protagonistas son niños y militares, los primeros como agradecimiento a su trabajo les regalaron unos dibujos, y los segundos emocionados por el gesto, les regalaron un pequeño cuento redactados por ellos donde todos eran los protagonistas.

Esta es una bonita historia contada en primera persona por uno de los soldados que allí han estado sirviendo.

Desde el comienzo de la Operación Balmis en la que el Ejército se moviliza para luchar contra el COVID-19, miles de militares se han implicado en cuerpo y alma para ayudar y proteger a nuestro País y nuestra gente. Particularmente el personal que forma parte del RALCA 63, ha trabajado diariamente en misiones de vigilancia, presencia en muchas localidades y de desinfección de diversas residencias de mayores también en varios municipios. Es en estas últimas en las que se han librado pequeñas batallas contra un enemigo invisible, en condiciones difíciles, pero con todo el corazón y entusiasmo puesto en ayudar a nuestros mayores, testigos directos de este trabajo, observando, sonriendo y aplaudiendo este esfuerzo de nuestros militares. Esa mirada, esa sonrisa o ese aplauso, nos hace sentir una enorme emoción y es cuando realmente cobra sentido la frase tan recurrida por los militares de “la satisfacción del deber cumplido”. En una de esas actuaciones, una pequeña nos ha regalado un dibujo, en la que se aprecia a los ojos de los niños, como aprecian y transmiten imágenes que son el reflejo de nuestra sociedad. En este caso, las labores de desinfección de coronavius realizadas en Residencias de Mayores por las FAS con motivo de la Op. Balmis, no han pasado desapercibidas a estas miradas.

En el siguiente dibujo, se puede ver la percepción positiva que la labor de nuestros soldados tiine entre los niños por el sentimiento que proyecta de protección hacia sus abuelos”.

Érase una vez un pueblo situado en la frontera entre España y Portugal, era un lindo pueblo de Zamora con un nombre muy antiguo, Rihonor de Castilla.

En Rihonor vivía una feliz familia con una preciosa niña, Andrea. Andrea tenía 8 años era lista y adoraba dibujar. Cada día se levantaba temprano y se iba a su cole, pero también ayudaba a sus padres con las abejas, porque ellos se dedicaban a la apicultura.

Sin embargo un día, una amenaza invisible se apoderó de su país. Las personas se ponían malitas, muy malitas y muchos morían sin que nadie pudiese ayudarles. Para protegerse Andrea y su familia, como el resto de familias, se tuvieron que quedar en casa, nadie podía salir, todos tenían miedo porque estaban solos. Ni siquiera podían ir a cuidar de sus colmenas porque estaban demasiado lejos y no estaba permitido salir.

La situación fue empeorando a medida que pasaban los días y Andrea estaba muy triste. Un día, cuando ya casi no había esperanza de salvar a las abejas, la niña vio desde la ventana de su habitación como aparecieron unos soldados, eran como los príncipes de los cuentos que salvaban a las princesas. Iban en coches verdes no en caballo, y llevaban trajes también verdes, pero para ella eran verdaderos príncipes. Seguro que les ayudarían.

Y así fue, los soldados habían ido a ayudar a los vecinos y a protegerlos de ese enemigo invisible. Y dicho y hecho, la familia de Andrea les contó su problema y, tal como la niña había imaginado, se ofrecieron para prestarles la ayuda necesaria. Después de unos días, y gracias a los soldados, las autoridades permitieron a la familia circular por los caminos transfronterizos para hacerse cargo de sus queridas abejas.

Las familias seguían en casa, pero poco a poco la amenaza parecía que iba perdiendo fuerza. Sin embargo, esto no impidió que los soldados siguieran velando por todos los ciudadanos. Así que, el día que volvieron a Rihonor, aprovecharon para verlos. Andrea había estado preparando el mejor tesoro que podía regalarles: un precioso dibujo hecho desde su corazón como forma de darles las gracias. Los soldados no podían ser más felices, cuando volvieron a su cuartel en Astorga, contaron la historia con lágrimas en los ojos y con la satisfacción del deber cumplido.  Andrea siempre llevará en su corazón a estos príncipes sin caballo, pero ellos jamás podrán olvidarse de la niña.

Este maldito virus nos ha dejado dolor, pero también nos ha dejado bonitas historias como la vivida por Andrea y nuestros serviciales soldados del acuartelamiento de Astorga.

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